La poesía del viaje: Nicolás Bouvier (2)

viernes, 20 de diciembre de 2013



En la geografía como en la vida, el vagabundo imprudente puede llegar a una zona de silencio, a uno de esos periodos de calma vacía en que las velas colgantes condenan a una tripulación entera a la demencia o al escorbuto. Es raro que alguien se tome la molestia de prevenirlo.


No se viaja para adornarse de exotismo y de anécdotas como un árbol de Navidad, sino para que el camino nos desplume, nos enjuague, nos exprima, nos ponga como toallas raídas por los detergentes que ofrecen con un pedazo de jabón en los burdeles. Se aleja uno de las coartadas, de las maldiciones natales, y en cada fardo mugriento llevado a cuestas en salas de espera repletas, en los pequeños andenes de estación, abrumadores de calor y de miseria, lo que uno ve pasar es su propio ataúd. Sin este desapego y esa transparencia, ¿cómo esperar que los demás vean lo que uno ha visto? Volverse reflejo, eco, corriente de aire, mudo invitado al pequeño rincón de la mesa antes de decir cualquier cosa.


Mi cabeza se resiste a abrirse y me duele. Con frecuencia lloro sin saber por qué. Los empleados de correos me pierden con arrogancia esas cartas de Europa que necesito tanto como la sangre. Así que me quedé en la última, en donde ustedes me dicen que esta estadía no me sirve de nada, que la isla me está quemando los nervios y que no es posible encargarse de lo que les envío, pues el lector occidental no está preparado. Estoy de acuerdo, pero viajo para aprender y nadie me había enseñado lo que estoy descubriendo aquí. 


No se viaja sin conocer esos momentos en los que todo aquello de lo que uno estaba seguro se escabulle y nos traiciona como en una pesadilla. Detrás de ese desenlace aterrador, más allá de ese punto cero de la existencia y del final del camino, debe de haber todavía algo más. 

Nicolás Bouvier, El pez escorpión, Editorial Altair



Meteora: los hombres hambrientos de Dios

lunes, 9 de diciembre de 2013



Para Pilar, con amor. 

Dicen que al principio, es decir, en el año 985, las torres de caliza de METEORA fueron usados como retiros espirituales. Debe haber sido Barnabas el ermitaño que entonces conoció este sitio y se dio cuenta que allí latía algo parecido a la divinidad. Decidió retirarse del mundanal ruido y empaparse de esa divinidad desde el húmedo y silente refugio de una cueva ubicado en este lugar. Desde entonces empezaron a llegar más hombres hambrientos de un dios a quien solo podían considerar posible en un sitio como este. No debió haber sido difícil estar de acuerdo con ellos: el sitio es un pedacito de paraíso clavado en el mundo.

METEORA - GRECIA.
Pero de toda la belleza de este paisaje no nos dimos cuenta sino hasta el día siguiente a nuestra llegada a KALAMBAKA, pequeño poblado ubicado a los pies de las montañas de METEORA. Y es que habíamos llegado ya bien entrada la noche, cansados de haber cruzado media Grecia desde el Peloponeso (donde habíamos visitado DELFOS, ver entrada anterior) hasta Grecia Central, a través del golfo de Corinto. Kalambaka nos recibió con una lluvia fina pero persistente. Detrás de las sombras que circundaban esa parte del mundo se podía advertir el gran tamaño de las montañas como monstruos silenciosos que nos mirasen atentos desde el cómodo refugio de la oscuridad.

Hay poco que hacer en Kalambaka, de histórico no tiene casi nada pues fue destruida por los nazis durante la guerra, así que no queda más que dejarse llevar por el placer. Comimos unos deliciosos souvlakis de tamaño monumental y luego fuimos por algunos bares probando la reciedumbre liquida del ouzo y otros líquidos espirituosos. Los antiguos eremitas nos habrían reprochado tal laxitud. El reproche pudo haber causado efecto: desperté en medio de la madrugada con un dolor de cabeza descomunal. De esos que te hacen jurar que nunca más beberás y que si se te cura rápido el dolor te volverás un ermitaño dedicado a la contemplación y la adoración. En fin, al día siguiente, una ducha reparadora, un desayuno generoso y el aire fresco ayudaron a la recuperación. 
 
Por fin, ya estábamos en el coche. Era hora de empezar la subida hacia las increíbles torres de la gran Meteora. Pasamos por un pueblo pequeño llamado KASTRAKI donde se pueden dormir en  campings bien acondicionados y desde donde se puede caminar hasta los monasterios. Hasta que llegamos. 

METEORA - GRECIA.
Posiblemente no me vaya a olvidar jamás de la primera vista: el monasterio de VARLAAM emergió como un navío estancado en medio de un mar de niebla o como una nave suspendida en el aire (de hecho Meteora viene de meteoros lo cual significa “suspendido en el viento”). Sus tejados rojos, sus ventanales y balcones, la falta de ornamentación llamativa que parece indicar que no hay intención de alterar, ni de aumentar, ni retocar nada en un lugar que no necesita artificio porque ya es por sí mismo bello.  Superpuesto allí arriba, sobre esas alturas demenciales, parece un desafío a la racionalidad haber construido tan bella arquitectura sobre la cima de una montaña y a unos pasos de un abismo que cubierto por la niebla parecía inacabable.


METEORA - GRECIA.
No entramos en él porque aunque solo quedan 6 de los 23 monasterios que un tiempo aquí hubo habríamos necesitado más de un día para visitarlos todos con calma. Así que tuvimos que ser, dolorosamente, selectivos. Nos fuimos al monasterio que se ubica al frente de Varlaam, y que seguramente es el más famoso e importante de todos por ser centro administrativo de estos recintos religiosos: MEGALO METEORO o GRAN METEORO.

METEORA - GRECIA.
METEORA - GRECIA.
METEORA - GRECIA.
Es el monasterio más elevado y quizás el más impresionante. Desde sus 613 metros de altura la vista de la verde llanura tesalia, sobre la que se retuerce mansamente el  río Peneo, te deja boquiabierto. Sin lugar a dudas la visita a este sitio es una experiencia magnífica. Puedes conocer desde lugares tan mundanos como el refectorio y los almacenes hasta rincones más espirituales como una especie de osario donde los cráneos de los monjes es expuesto ordenadamente como si fueran libros bien dispuestos en polvorientas estanterías o la iglesia central (KATHOLIKÓN) cubierta de murales y trabajos del tan hermoso y tan injustamente olvidado arte bizantino. Un detalle importante es que aunque las mujeres pueden entrar lo deben hacer con unas faldas que se ofrecen (gratis) en la entrada del monasterio. Esto puede parecer chocante pero no lo es tanto si se compara con la costumbre de los monasterios del monte ATHOS donde no pueden entrar no solo mujeres sino todo aquello que sea femenino. 

METEORA - GRECIA.
METEORA - GRECIA.
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